Cuando terminó de llover volvió a la calle, como siempre sin rumbo, sin mirar; cuando se cansa dobla la esquina a derecha o izquierda y continúa su camino. No se cómo lo hace pero finalmente luego de una o dos horas, regresa siempre a su casa como una visita inesperada. Nunca me atreví a preguntarle acerca de su extraño método, por eso decidí seguirlo.
Mientras amanecía mi ansiedad creció, dormí muy mal y los zancudos se habían dado un festín con mi espalda. En un instante me duche y salí a la calle, donde de pie en una esquina, esperé a que saliera el viejo. Mientras tanto aproveché para ver las niñas de colegio que toman clases de deportes en un gimnasio cercano, Margarita caminaba con ellas en medio de la algarabía.
La niña de los ojazos negros, de ternero, aún recuerdo como se enojó el día que la intenté de poeta con esa metáfora, la de cabellos rizados que siempre soñé con usar de almohada.
Don Juaco fue el cómplice. Dueño de la peluquería a donde cada mes, doña Encarna llevaba al angelito, mientras sentado en la puerta de mi casa, vigilaba inquieto su llegada, para ver caer esos cabellos dorados.
Un día, Don Juaco que de tonto no tiene un pelo –y el que es calvo se ríe cuando le digo así- se me acercó y me preguntó si la niña me gustaba. Yo que siempre he sido guapo le dije que no muy firme. El peluquero se me quedó mirando como si me fuera a cortar los pelos de la cabeza y se rió con una risita entre burlona y compasiva. A mi me gustó la forma en que miraba Don Juaco, tan calvo que es, pero la calvicie le daba una cosa rara a la sonrisa, cuando reía, la boca comenzaba a extenderse despacito, despacito y uno creía que nunca iba a dejar de estirarse. Yo pensaba que un día de estos se iba a reír tan fuerte que las puntas de los labios se iban a encontrar en la nuca y la mitad de la cabeza terminaría en el suelo. ¡Cómo me hacia gracia solo pensarlo! Además cuando sonreía, al viejo peluquero se le notaban más las arrugas de la cabeza, como si fuera un mar, yo nunca he visto el mar pero así ha de ser....
El caso es que Don Juaco ahí mismo me dijo que me ayudaba con lo de la niña, fue él quien me dijo su nombre, me confesó que a mi edad le había pasado igual y dijo otras muchas cosas tan rápido que no le entendí. Además no me animaban mucho pues por lo visto recordó a alguna muchacha que mucho lo hizo sufrir y que jamás presto atención a sus amores. Decia tres palabras sobre margarita y ahí mismo se soltaba ¡me recuerda tanto a la Marina! Y eran quince minutos dale que dale con lo de la tal Marina. A pesar de todo, se comprende, yo lo escuchaba con cara de interés porque era el único que me podía decir algo de la niña y con tal de saber con que crema se bañaba la boca, habría escuchado el sermón de las siete palabras, tres novenas, un regaño de mis doce tías y las historias de todas las novias de Don Juaco.
Así, entre confesión y confesión, me hice amigo del peluquero y un buen día le dije, mire Don Juaco que yo quisiera unos cabellos de la margarita.... su mirada silenciosa, acabó con el poco valor que me restaba luego mi audaz propuesta, que restaba una ofensa a la ética de peluquero, pedirle un cabello era como acercársele al cura para preguntar por los pecados de fulano o inquirir a un médico sobre cómo vio a un vecino, total en esas estábamos cuando entró un cliente. No creo que exista registro, oral o escrito, en la historia del oficio, de un peluquero de pueblo más pánfilo. Primero el largo saludo, el intercambio de noticas, que como esta, que si tiene gripa, que si le ha dolido una muela, que si su mujer ya parió, que si esto que si aquello. Todo antes de sentarse en la silla alta y de hierrro, forrada en cuero negro. Luego, vino la capa, el agua, la discusión sobre el tipo de corte, que si prefiere las tijeras o la motiladora... cuando por fin se fue el cliente, que tan a mala hora llegara, cargando sin saberlo todos los insusltos imaginados a él y su familia hasta la cuarta generación y el tercer grado de consanguinidad que mi curiosidad inspirara, Don Juaco se me acerco y me dijo en tono casi confidencial: esté pendiente de cuando llegue, veremos.
Esa noche no dormí, había escuchado que la gente enamorada ni come ni duerme y como cuando sirvieron la comida en mi casa el caldo y la arepa me hacían muecas, pensé que a mi edad ya era suficiente que no durmiera, así que pringue las tripas con el caldo y me metí en la cama sin dejar de pensar en ella. Recordé que hay unas flores que se llaman como ella, lo noté porque me imaginé a Margarita como si fuera una flor, la niña de los ojos de ternero con el cuerpo verde y en vez de manos hojas... no, así no es, son las flores que cuando se abren se parecen en no se qué a Margarita. El caso es que tanto imaginé e imaginé su cabello que ya en la madrugada cuando por fin me dormí, por la edad se entiende, soñe que saltábamos juntos sobre un colchón hecho de sus rizos, la veía con su cabello enorme riendo conmigo. Al despertar ya estaba claro y debía regresar a mi puesto de vigilancia. Durante varios días estuve esperando que apareciera doña Encarnación –que así se llamaba la mamá- con la niña de la mano por la calle.
Cuando por fin llegó el día de podar a Margarita., yo las divisé desde lejos, tenía un vestido amarillo que le llegaba a los tobillos, los zapaticos de charol y una diadema blanca que le retenía el cabello, debía ser para que no se le fuera volando de lo lindo que era. Yo me acorde del sueño, le hice un gesto a Don Juaco y me metí en la casa porque justo me llamaban para sabe dios que cosa. Al rato regresé. El peluquero estaba de pie en la puerta de su negocio esperándome. Con el sol la calva le brillaba más y su guayabera blanca lo hacía parecer un beato. Yo crucé la calle corriendo, ¿qué hubo Don Juaco, se pudo? ¡como no, mijo, usted si es muy de buenas, mire que justo hoy! Me dijo con esa risa tan de él, parecía un general que va a dar el parte de victoria y que sabe que la guerra se ganó por él y que le van a dar una medalla. Yo nunca he visto un general pero así han de poner la cara cuando ganan las batallas.
No cabía de dicha, quería tener pronto entre mis brazos aquel tesoro. Iba a correr a mi casa para traer una bolsa pero ya todo estaba bien empacadito en una bolsa grande. Miré los cabellos, metía las narices entre ellos y sentía su olor –que las margaritas tampoco copiaron bien- di las gracias sin mirar y volé a mi cuarto para ocuparme de la confección de mi anhelada almohada..
En la noche me enviaron por el pan del desayuno y cuando llegué a la panadería vi a una niña con zapatitos de charol, medias blanca, vestido amarillo... sentí que me ahogaba al verla mientras oía decir,
- Sí misia Rosa, toco motilarla, es que esos piojos no se los sacaba nadie, ni Jesucristo si resucitara solo para ello!
- Y tan bonito que lo tenía, vea que pesar, si ve mi amor, para que deje de jugar con cuanto mocoso se le aparece.
Margarita no dijo una sola palabra, miraba al piso con la manecita derecha puesta sobre el hombro, seguro recordaba sus trenzas. No pude mirarle el rostro, era otra, muy otra, mientras corría a mi casa empecé a sentir la picazón, lo único que me quedaba de Margarita.

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